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EL MERCADO DE TLATELOLCO DESCRITO POR BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO

Actualizado: 3 de jun de 2018


Antes de la caída de Tenochtitlan, los conquistadores españoles recorrieron la ciudad y quedaron maravillados con su esplendor. Entre los sitios que más les asombraron estaba el mercado de Tlatelolco, donde confluían las mercancías y las costumbres de todos los rincones del mundo prehispánico y donde las voces populares, con su fascinante polifonía, se hacían escuchar. Inauguramos pues esta sección que pretende consignar crónicas, leyendas e historia oral con esta descripción de Bernal Díaz, contenida en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.





Mercado de Tepoztlán. Fotografía, Felipe Sarabia

Bernal Díaz del Castillo


Como había ya cuatro días que estábamos en México, y no salía el Capitán, ni ninguno de nosotros de los aposentos, excepto a las casas y huertas, nos dijo Cortés, que sería bien ir a la plaza mayor a ver el gran adoratorio de su Huichilobos, y que quería enviarle a decir al gran Moctezuma, que lo tuviese por bien, y para ello envió por mensajero a Gerónimo de Aguilar, y a Doña Marina, y con ellos a un pajecillo de nuestro Capitán, que entendía ya algo de la lengua, que se decía Orteguilla: y el Moctezuma, como lo supo, envió a decir, que fuésemos mucho en buen hora: y por otra parte temió no le fuésemos a hacer algún deshonor a sus ídolos, y acordó de ir él en persona con muchos de sus principales, y en sus ricas andas salió de sus palacios, hasta la mitad del camino, y cabe unos adoratorios se apeó de las andas, porque tenía por gran deshonor de sus ídolos, ir hasta su casa y adoratorio de aquella manera, y no ir a pie, y llevábanle de brazo grandes, principales, e iban delante del Moctezuma señores de vasallos, y llevaban dos bastones, como cetros, alzados en alto, que era señal que iba allí el gran Moctezuma: y cuando iba en las andas, llevaba una varita, la media de oro, y media de palo, levantada como vara de justicia: y así se fue y subió en su gran Cu, acompañado de muchos Papas, y comenzó a sahumar, y hacer otras ceremonias al Huichilobos. Dejemos al Moctezuma, que ya había ido adelante, como dicho tengo, y volvamos a Cortés, y a nuestros Capitanes y soldados, como siempre teníamos por costumbre de noche, y de día estar armados, y así nos veía estar el Moctezuma, y cuando lo íbamos a ver, no lo teníamos por cosa nueva.



....y cuando llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente, y mercaderías que en ella había, y del gran concierto y regimiento, que en todo tenían: y los Principales que iban con nosotros, nos lo iban mostrando: cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro, y plata, y piedras ricas, y plumas, y mantas, y cosas labradas, y otras mercaderías, esclavos, y esclavas...


Digo esto, porque a caballo nuestro Capitán, con todos los más que tenían caballos, y la más parte de nuestros soldados, muy apercibidos fuimos al Tatelulco, y iban muchos Caciques, que el Moctezuma envió para que nos acompañasen: y cuando llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente, y mercaderías que en ella había, y del gran concierto y regimiento, que en todo tenían: y los Principales que iban con nosotros, nos lo iban mostrando: cada género de mercaderías estaban por sí, y tenían situados y señalados sus asientos. Comencemos por los mercaderes de oro, y plata, y piedras ricas, y plumas, y mantas, y cosas labradas, y otras mercaderías, esclavos, y esclavas; digo, que traían tantos a vender a aquella gran plaza, como traen los Portugueses los negros de Guinea, y traíanlos arados en unas varas largas, como collares a los pescuezos, porque no se les huyesen, y otros dejaban sueltos. Luego estaban otros mercaderes, que vendían ropa más basta, y algodón, y otras cosas de hilo torcido, y cacaguateros, que vendían cacao: y de esta manera estaban cuantos géneros de mercaderías hay en toda la Nueva España, puesto que por su concierto: de la manera que hay en mi tierra, que es Medina del Campo, donde se hacen las ferias, que en cada calle están sus mercaderías por sí, así estaban en esta gran plaza: y los que vendían mantas de nequen, y sogas, y cotaras, que son los zapatos que calzan y hacen de nequen, y de las raíces del mismo árbol, muy dulces cocidas, y otras zarrabusterías, que sacan del mismo árbol, todo estaba a una parte de la plaza en su lugar señalado; y cueros de tigres, de leones, y de nutrias, y de adives, y de venados, y de otras alimañas, y tejones, y gatos monteses, de ellos adobados, y otros sin adobar. Estaban en otra parte otros géneros de cosas y mercaderías. Pasemos adelante, y digamos de los que vendían frisoles, y chía, y otras legumbres y yerbas, a otra parte. Vamos a los que vendían gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados, y anadones, perrillos, y otras cosas de este arte, a su parte de la plaza. Digamos de las fruteras, de las que vendían cosas cocidas, mazamorreras, y malcocinado, también a su parte, puesto todo género de loza hecha de mil maneras, desde tinajas grandes, y jarrillos chicos que estaban por sí aparte: y también los que vendían miel, y melcochas, y otras golosinas que hacían, como nuégados.



¿Para qué gasto ya tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas; sino que papel, que en esta tierra llaman amal, y unos cañutos de olores con liquidambar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos, y cosas de este arte, vendían por sí: y vendían mucha grana debajo de los portales que estaban en aquella gran plaza; y había muchos herbolarios, y mercaderías de otra manera, y tenían allí sus casas, donde juzgaban tres Jueces, y otros, como Alguaciles ejecutores, que miraban las mercaderías. Se me había olvidado la sal, y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra.


Pues los que vendían madera, tablas, cunas viejas, y tajos, y bancos, todo por sí. Vamos a los que vendían leña, acote, y otras cosas de esta manera. ¿Qué quieren más que diga? Que hablando con acato, también vendían canoas llenas de hienda de hombres, que tenían en los esteros cerca de la plaza, y esto era para hacer o para curtir cueros, que sin ella decían, que no se hacían buenos. Bien tengo entendido, que algunos se reirán de esto; pues digo, que es así: y más digo que tenían por costumbre, que en todos los caminos, que tenían hechos de cañas, o paja, o yerbas, porque no los viesen los que pasasen por ellos, y allí se metían, si tenían gana de purgar los vientres, porque no se les perdiese aquella suciedad. ¿Para qué gasto ya tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas; sino que papel, que en esta tierra llaman amal, y unos cañutos de olores con liquidambar, llenos de tabaco, y otros ungüentos amarillos, y cosas de este arte, vendían por sí: y vendían mucha grana debajo de los portales que estaban en aquella gran plaza; y había muchos herbolarios, y mercaderías de otra manera, y tenían allí sus casas, donde juzgaban tres Jueces, y otros, como Alguaciles ejecutores, que miraban las mercaderías. Se me había olvidado la sal, y los que hacían navajas de pedernal, y de cómo las sacaban de la misma piedra. Pues pescaderas, y otros que vendían unos panecillos, que hacen de una como lama, que cogen de aquella gran laguna, que se cuaja, y hacen panes de ello; que tienen un sabor a manera de queso: y vendían hachas de latón, y cobre, y estaño, y xícaras, y unos jarros muy pintados, de madera hechos. Ya querría haber acabado de decir todas las cosas que allí se vendían, porque eran tantas, y de tan diversas calidades, que para que lo acabáramos de ver y inquirir, era necesario más espacio; que como la gran plaza estaba llena de tanta gente, y toda cercada de portales, que en un día no se podía ver todo: y fuimos al gran Cu, y ya que íbamos cerca de sus grandes patios, y antes de salir de la misma plaza, estaban otros muchos mercaderes, que según dijeron, era que tenían a vender oro en granos como lo sacan de las minas, metido el oro en unos cañutillos delgados de los de ansarones de la tierra, y así blancos, porque se pareciese el oro por defuera, y por el largor y gordor de los cañutillos, tenían entre ellos su cuenta, que tantas mantas, o que xiquipiles de cacao valía, o que esclavos, o otra cualquier cosa a que lo trocaban: y así dejamos la gran plaza sin más verla, y llegamos a los grandes patios y cercas donde estaba el gran Cu, y tenía antes de llegar a él un gran circuito de patios, que me parece que eran mayores que la plaza que hay en Salamanca, y con dos cercas alrededor de cal y canto; y el mismo patio y sitio todo empedrado de piedras grandes de losas blancas, y muy lisas: y adonde no había de aquellas piedras, estaba encalado y bruñido, y todo muy limpio, que no hallaran una paja, ni polvo en todo él. Y cuando llegamos cerca del gran Cu, antes que subiésemos ninguna grada de él, envió el gran Moctezuma desde arriba, donde estaba haciendo sacrificio, seis Papas, y dos Principales, para que acompañasen a nuestro Capitán Cortés: y al subir de las gradas, que eran ciento y catorce, le iban a tomar de los brazos para le ayudar a subir, creyendo que se cansaría, como ayudaban a subir a su señor Moctezuma, y Cortés no quiso que llegasen a él: y como subimos a lo alto del gran Cu, en una placeta que arriba se hacía, adonde tenían un espacio, como andamios, y en ellos puestas unas grandes piedras, adonde ponían los tristes Indios para sacrificar, allí había un gran bulto, como de dragón, y otras malas figuras, y mucha sangre derramada de aquel día.

...y vimos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos, y otras que venían con cargas y mercaderías: y veíamos, que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unos puentes levadizos, que tenían hechos de madera, o en canoas: y veíamos en aquellas ciudades cues y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todos blanqueando, que era cosa de admiración; y las casas de azuleas, y en las calzadas otras torrecillas y adoratorios, que eran como fortalezas.

Y así como llegamos, salió el gran Moctezuma de un adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, que era en lo alto del gran Cu, y vinieron con él dos Papas, y con mucho acato que hicieron a Cortés, y a todos nosotros, le dijo: cansado estaréis, Señor Malinche, de subir a este nuestro gran Templo: y Cortés le dijo con nuestras lenguas, que iban con nosotros, que él, ni nosotros no nos cansábamos en cosa ninguna: y luego le tomó por la mano, y le dijo, que mirase su gran ciudad, y todas las más ciudades que había dentro en el agua, y otros muchos pueblos en tierra alrededor de la misma laguna, y que si no había visto bien su gran plaza, que desde allí la podría ver muy mejor: y así lo estuvimos mirando, porque aquel grande y maldito Templo estaba tan alto, que todo lo señoreaba, y de allí vimos las tres calzadas que entran en México, que es la de Iztapalapa, que fue por la que entramos cuatro días había; y la de Tacuba, que fue por donde después de ahí a ocho meses salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlavaca nuevo Señor nos echó de la ciudad, como adelante diremos; y la de Tepeaquilla: y veíamos el agua dulce, que venía de Chapultepeque, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, los puentes que tenían hechos de trecho a trecho, por donde entraba y salía el agua de la laguna de una parte a otra: y vimos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos, y otras que venían con cargas y mercaderías: y veíamos, que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las demás ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unos puentes levadizos, que tenían hechos de madera, o en canoas: y veíamos en aquellas ciudades cues y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todos blanqueando, que era cosa de admiración; y las casas de azuleas, y en las calzadas otras torrecillas y adoratorios, que eran como fortalezas. Y después de bien mirado, y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza, y la multitud de gente que en ella había, unos comprando, y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había, sonaba más que de una legua: y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia, y Roma, y dijeron, que plaza tan bien compasada, y con tanto concierto, y tamaña, y llena de tanta gente, no la habían visto.



Mercancías de los pochtecas. Códice Florentino



Fuente:

Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Tomo II. Madrid, Biblioteca Saavedra Fajardo, 204, pp. 57-60.

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LA HISTORIA Y SUS GUSANOS. Revista digital, Año 2, No. 2, agosto del 2019, es una publicación semestral editada por La Historia y sus gusanos, calle Circuito los Sauces I No. 108, Fracc. Los Sauces, Aguascalientes, Aguascalientes, México. Tel. (449) 4582394, www.lahistoriaysusgusanos.org Editores responsables: Felipe de Jesús Sarabia Salmerón, María José Rodríguez de Hoyos, Adrián Gerardo Rodríguez Sánchez, Ilse Guadalupe Díaz Márquez. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo e ISSN en trámite. Responsable de la última actualización de este número: Felipe de Jesús Sarabia Salmerón. Fecha de última modificación 20 de agosto del 2019. Publicación avalada por el Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias PACMYC 2017.

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